La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México presentó el «Plan Mundial Verde» esta semana, y la lectura en redes fue unánime: pide a los capitalinos encerrarse en casa durante los partidos del Mundial 2026 para que los turistas disfruten la capital sin tráfico, sin smog y sin chilangos estorbando. La propuesta oficial incluye home office obligatorio y suspensión de clases en días de partido.
Las palabras textuales fueron directas. «Sí necesitamos que el home office regrese a la Ciudad de México», dijo Brugada al convocar al sector empresarial. «Hago una convocatoria a la iniciativa privada para que hagamos una alianza con el home office, que se utilizó por necesidad cuando la pandemia». La comparación con el confinamiento pandémico no pasó desapercibida.
El argumento oficial se viste de verde. Menos tráfico, menos contaminación, menos presión sobre la movilidad. El programa «Mundial Verde» contempla eliminar plásticos de un solo uso en el FIFA Fan Fest, promover vasos reutilizables y vender nopal deshidratado y churritos de amaranto en hoteles. Muy sustentable. Muy instagrameable. Poco útil para quien necesita ir a trabajar.
La realidad es que la ciudad ya no aguanta. El amistoso México-Portugal dejó el transporte público colapsado y vialidades paralizadas horas después del silbatazo final. En vez de invertir en movilidad urgente, metro suficiente o logística realista, la solución oficial es pedirle al capitalino que se haga a un lado. Que el chilango no estorbe el turismo.
Y aquí está la foto del absurdo. La CDMX recauda impuestos del capitalino, pero le pide que desaparezca cuando lleguen los visitantes. La ciudad se vende al extranjero mientras quien la habita tiene que fingir que no existe. El «Plan Mundial Verde» no es un programa ambiental, es el manual para una ciudad postiza: limpia para la cámara, vacía para el turista, imposible para el que vive aquí.
